“Escribir es como respirar, ¿para qué se respira? Pues para vivir. Unas veces se respira para amar, otras para conducir un coche, para salir de un laberinto”. Entrevistamos a este escritor malagueño que expulsa literatura a cada sístole del corazón.

Por:  Lakshmi I. Aguirre (Fuente original)

Con El camino de los ingleses muchos se han acercado a la obra de este escritor malagueño. Sin embargo, antes de la película, incluso de la novela, Antonio Soler ya era uno de los autores más prolíficos y premiados de España. Sinónimo de calidad, de originalidad y de compromiso con la literatura, el nombre de Soler ya forma parte de las calles de Málaga, su ciudad. No es difícil adivinar su delgada silueta paseando por ellas o tomando una copa de vino en algún bar con amigos, siempre con amigos. Parece estar en constante abstracción, como si escribiera en su cabeza y buscara la palabra exacta para describir lo que ve y vive. Y de pronto se aparece el Soler aventurero, el de la Orden de Finnegans que venera Ulises de Joyce cada 16 de junio en Dublín, el que sorprende con cada nueva obra desde aquella Noche de 1985. No se considera un poeta, aunque sea capaz de escribir “la yerbabuena se me hizo verano y dulzura en la boca”, pero es un verdadero contador de historias, creador de personajes, artesano de la palabra que tiene la inagotable capacidad de fascinar a quien se aproxima a su obra.

P. “Sé que las palabras son pobres elementos que, si a veces bellos, nada pueden con la vida, ni cambiarla ni exorcizarla”. Esto lo dice en La Noche, un relato que desde luego parece un desahogo, no del ‘Bala’, sino de usted mismo. Es como si en su memoria se hubiese enquistado una noche demasiado oscura como extirparla de cualquier otro modo. ¿Le alivió escribir este relato? ¿Cree de veras que la palabra es una herramienta fútil para exorcizar los fantasmas?

R. Bueno, realmente eso lo dice el narrador del relato, un sucedáneo de mí mismo, mi versión más pesimista. Escribí esa novela corta en 1985, y desde entonces he pensado bastante en la utilidad de la palabra y de la literatura y en su posibilidad de influir en la realidad. A lo largo de este tiempo he variado levemente de óptica, quizá porque tengo un poco más de perspectiva. Para empezar, ese relato sí me fue útil y empezó a cambiar mi vida práctica, cotidiana, empezó, en definitiva, a modificar mi propia biografía. Además me sirvió de terapia. No sé qué psiquiatra habría soportado el aluvión de cieno que yo transportaba en esa época. Y hablando de un modo más general, creo que la literatura ayuda a cambiar el mundo, nunca de una forma inmediata, pero sí a largo plazo. Lo dota de conciencia, de elementos críticos, y eso, antes o después, provoca cambios. La humanidad no sería lo que es sin Homero, sin Shakespeare o Kafka.

P. Paul Valéry concluyó en uno de sus amaneceres: “Cuando escribo en estos cuadernos me escribo. Pero no me escribo todo”. ¿Qué no se escribe usted cuando escribe?

R. Fundamentalmente todo lo que no venga al caso de la novela que tengo entre manos. No se trata de ocultamientos, como puede ocurrir en la poesía, sino de una cuestión técnica. El novelista se escribe de un modo más tangencial que el poeta, que se mira al espejo de frente, o por lo menos finge que es así.

P. Siguiendo con citas de otros, aunque atente directamente con su “la literatura viene de la vida y no de la literatura”: “los escritores son fabuladores o poetas, no historiadores, porque entienden en complacer a los oídos con graciosas maneras de decir y con nuevos o inopinados casos más que con verdaderos hechos” (Pedro de Rúa). ¿Qué se considera usted? ¿Fabulador, poeta o historiador? ¿Para qué escribe?

R. Novelista, narrador. Historiador no. Y en un sentido exacto y moderno del término, tampoco poeta. Y en cuanto a para qué escribo, pues para muchas cosas. Es como respirar, ¿para qué se respira? Pues para vivir. Unas veces se respira para amar, otras para conducir un coche, otras para salir de un laberinto. Puede que el sentido último sea ordenar mínimamente mi visión del mundo, ensanchar un milímetro sus límites.

P. En más de doscientas páginas puede describir sólo una noche, y en un único párrafo una vida entera. Domina el tiempo con la maestría de un relojero que encaja con paciencia las pequeñas piezas del reloj. ¿Desarrolla la misma capacidad fuera de sus páginas o cree que el hombre está destinado a perder el tiempo?

R. Supongo que pierdo mucho el tiempo, pero nunca lo hago intencionadamente. En ese sentido soy medio calvinista y de un modo u otro intento sacar rendimiento a todo lo que hago. Por otra parte, cuando un novelista está tumbado viendo pasar las nubes o tomando una copa en un bar, aunque en ese instante no tenga conciencia de estar trabajando, finalmente es posible que en ese instante esté recopilando un material que puede usar tres años después.

P. Su estilo bebe de la poesía -las imágenes, los símbolos, la adjetivación- pero ¿de quién era la copa de la que bebió?

R. Creo que de ningún poeta. Fundamentalmente he bebido en las copas, yo diría más bien en las botellas, de bastantes y disparejos novelistas. Desde Cervantes a Vargas Llosa pasando por Albert Camus, Onetti, Faulkner, Dostoiewski, Boumil Hrabal, Dos Passos y no sé cuántos más.

P. Los personajes secundarios de sus novelas, como en el mejor cine clásico, bien podrían protagonizar una novela propia. Lubitsch, Wilder, Ford, Hawks, Welles… dejaban a estos personajes aparecerse en escena cuando quisieran, cuando lo necesitaran. ¿Cuánto de clasicismo hay en usted?

R. Pues un poco. No sé qué habría sido de mí sin la novela picaresca por ejemplo. O qué habría sido de nosotros sin Cervantes y Quevedo.

P. Sus amigos siempre ocupan un lugar en sus novelas. ¿Es un homenaje o un modo de sentir su compañía?

R. Son pequeños homenajes. Es un modo de decirles “Oye, a veces, cuando estoy solo allí abajo en la mina, me acuerdo de ti”. Y de paso practico con ellos un poco de vampirismo, les chupo un poco de sangre.

P. Según cuenta, un accidente lo empujó a la escritura tras una prolongada estancia en el hospital. Bien hubiera podido aprovechar el tiempo viendo la televisión, como muchos otros harían. ¿Qué se le pasó realmente por la cabeza en aquel momento que no se le había pasado antes para convertirse en escritor?

R. Bueno, no fue exactemente así. Con 22 años tuve un accidente y fui a parar a un hospital, sí. Y estuve allí un mes, incluida una navidad y todo eso. Y también es verdad que allí, escribí un relato, el primero de mi vida. Pero ni el accidente ni el hospital me empujaron a escribir. Desde los once años leía habitualmente, diariamente. Y llevaba un tiempo con la idea de escribir algo. Si no hubiera sido en el hospital habría sido en mi casa. Sólo que alguien en Internet dijo que era del modo que usted lo ha dicho y ya ha quedado así. Antes las leyendas tardaban siglos en fraguarse, ahora alguien teclea cualquier cosa en Internet, otra persona lo recoge y la fábula ya queda establecida.

P. ¿Cree que la concepción que tienen muchos del talento –“con talento se nace”-es una manera de evitar los esfuerzos necesarios y las frustraciones resultantes de hacer lo que a uno le gusta?

R. El talento es una herramienta indispensable para hacer buena literatura. Pero la herramienta necesita un músculo que la maneje. Y el músculo del escritor debe ejercitarse día a día mientras se está trabajando en una novela. Una novela es una mezcla de visión, estrategia, golpes de intuición y trabajo continuo, voluntarioso, casi machacón.

P. ¿Cuánto de infierno tiene el paraíso del escritor?

R. Este paraíso está lleno de gente que ya se ha subido a todos los árboles en busca de los frutos del bien y del mal. Además, muchos de ellos van a intentar que no les robes las peras ni las manzanas y te enviarán cada noche su demonio particular. En medio de eso debes intentar subirte a la copa más alta en busca de algo comestible. Aunque también hay ángeles y compinches que de vez en cuando te regalan una manzana.

P. Hemingway no cesaba en repetirle a Peter Viertel que no se vendiera a la industrial del cine, que era un gran escritor. ¿Siente usted que se ha vendido? ¿Lo opinan sus compañeros de oficio?

R. Yo vendí los derechos de una novela mía a una productora y a un director que me merecían toda la confianza para que llevaran a cabo un proyecto que mí me parecía y me sigue pareciendo muy interesante desde el punto de vista creativo. ¿Eso es venderse? ¿Y vender una novela a una editorial es prostituirla, mancharla cobrando dinero por un trabajo que debería ser etéreo, angelical y despegado del mundo? ¿Y un médico que cobra por curar a un enfermo también se está prostituyendo, está chantajeando al enfermo diciéndole: “Tu vida por unas monedas”? Creo que quien piense así debe someterse a tratamiento psiquiátrico o simplemente salir más a la calle. En cuanto a lo que opinan mis compañeros habría que preguntárselo a ellos. Aunque supongo que cualquiera de ellos que no viva en una montaña como un anacoreta pensará más o menos igual.

P. “Somos caimanes dormidos. Esperemos que la cultura y el sistema político tengan el suficiente peso para dejarnos dormir siempre”. ¿Qué le despierta a usted del letargo?

R. Procuro no estar nunca aletargado. Hay demasiado escándalo en el mundo como para cerrar los ojos.

P. ¿De qué “traiciones cotidianas” se arrepiente usted más a menudo?

R. Me arrepiento de algunos impulsos de mi carácter que por algunos instantes rompen el camino de serenidad que intento llevar. Pero no sé si a eso se le puede llamar traición.

P. Si le digo Ítaca me responde…

R. Penélope.

P. ¿Qué le diría a alguien, que como yo, no se atreve a empezar Ulises? ¿Si lo consiguiera me aceptarían en la Orden de Finnegans?

R. Que se pierde un libro impresionante, duro, difícil, extenuante y maravilloso. La Orden del Finnegans realmente es la orden de la literatura. Somos devotos literarios pero, a pesar de reivindicar la obra de Joyce, no todos los miembros somos estrictamente joycianos. Yo, por ejemplo, soy más proustiano. Joyce, Dublín, el bloomsday son un símbolo alrededor del que giran otras cosas. En cuanto a aceptarla en la Orden, que anualmente añade un nuevo miembro a su plantilla, yo me comprometo a avalar su candidatura, aunque la directora del Instituto Cervantes de Dublín, presente en el acto de fundación de la Orden y en la redacción final de sus estatutos, dijo que no nos debíamos preocupar por si habría pronto algún miembro femenino en el grupo. Zanjó el asunto afirmando que nunca ninguna mujer cometería la insensatez de embarcarse en ninguna empresa con unos tipos como nosotros.