ANTONIO SOLER: «EL VERDADERO CREADOR VA A POR LAS MUSAS Y LES LEVANTA LAS FALDAS»

DURA Y DESPOJADA, ASÍ ES LA ÚLTIMA NOVELA DE ANTONIO SOLER, «EL SUEÑO DEL CAIMÁN». UNA INMERSIÓN EN LOS ABISMOS DE LA SOLEDAD CON LA QUE EL GANADOR DEL PREMIO NADAL 2004 SUBE OTRO PELDAÑO EN SU EXIGENTE OBRA LITERARIA

ANTONIO FONTANA

Título a título. Antonio Soler va confirmando que la suya es una de las trayectorias más sólidas de la narrativa española contemporánea. Ahora nos entrega El sueño del caimán, probablemente -y sin «probablemente»- su mejor novela, cuya trama él mismo explica: «A mediados de los años noventa, el recepcionista de un hotel de Toronto reconoce en un viajero a un hombre con el que décadas atrás compartió en Barcelona amistad y militancia en una célula de extrema izquierda. El grupo, incluida la mujer de la que el actual recepcionista estaba enamorado, fue detenido por la policía franquista. Es probable que este hombre que ahora llega a Toronto delatara a sus compañeros. La llegada de ese viajero tiene el efecto de colocar al protagonista ante un espejo. Allí está su vida entera. Mientras decide si va a ejecutar una venganza largamente aplazada, reflexiona sobre los años de cárcel, el abandono, la naturaleza del amor y los afectos. Sobre la traición política y la sentimental».

Ésta es su novela más contenida. En ella se permite usted pocos adornos. ¿Por qué un libro tan distinto a los anteriores?

Creo que cada novela tiene un modo exacto, perfecto, de ser contada. El novelista intenta aproximarse a ese modo. En el caso de El sueño del caimán el tono tenía que ser muy distinto al de El camino de los ingleses, por ejemplo. No puede servir una misma voz narrativa para contar la historia de una vida acabada, llena de traiciones y de descreimiento, que la de un grupo de chicos jóvenes cargados de ilusiones que se enfrentan al último verano esplendoroso de sus vidas.

¿La voz de «El sueño del caimán» es menos poética y más -por así decirlo- científica?

Sí. El narrador es alguien que somete su pasado a una tasación racional. casi científica. Intenta sopesar los resortes que han guiado sus impulsos, no sólo los que tienen que ver con su compromiso político, sino incluso los que son de carácter emocional y sentimental. Ése es el gran combate del protagonista de la novela. Intentar mirarse en un espejo real. sin las distorsiones que tienen los espejos de feria y los que hay dentro de nosotros mismos.

¿”El sueño del caimán” es la historia de una venganza o de un acto de justicia?

Empezó siendo la historia de una venganza en la que se cuestionaba la justicia y, como siempre ocurre en el proceso de escritura de las novelas, los temas se fueron complementando con otros nuevos, trenzándose con ellos y ramificándose. Esta novela también es la historia de una soledad, y una reflexión sobre el desengaño político, sobre la traición, sobre la posibilidad del libre albedrío. Una de las labores del novelista consiste precisamente en darle una forma coherente a los temas, a esa expansión casi selvática que tiene lugar durante el proceso de escritura. Acotar la selva y presentarla como si fuese un jardín. Un jardín salvaje.

«Todo acaba pagándose.» ¿Está de acuerdo?

Aunque es cierto que en los espíritus sensibles todo deja una huella y nada importante pasa desapercibido, es decir, que todo acaba dejando rastro, pagándose, no estoy de acuerdo con esa frase si con ella se quiere dar a entender que existe una justicia universal que sitúa a cada uno en el sitio que le corresponde y le hace pagar o ser recompensado por sus actos. La verdadera ética consiste en actuar del modo que consideramos más justo, más leal con nosotros mismos. Sin esperar ningún castigo o recompensa.

«El olvido no es posible.» Por lo que veo, tampoco el perdón.

La naturaleza del perdón es compleja. Para muchas personas el perdón consiste en una especie de olvido. En el fondo eso supone la no aceptación de los hechos, firmar una tregua, no la paz definitiva. El narrador de El sueño del caimán no perdona por distintos motivos; el principal se debe a las circunstancias de su propia vida. Es un ser que vive aislado, encerrado en sí mismo, obsesionado. Ni sus recuerdos ni sus pensamientos tienen un resquicio por el que drenar y renovarse. Quizá si el personaje hubiese vivido de otro modo, el aire estancado que hay dentro de él se habría renovado, su pensamiento se habría diluido y tal vez el perdón hubiera sido posible.

En Canadá, «la patria del desamparo, de los que ya renunciaron a todas las patrias», transcurre parte de la novela. ¿Huir a Toronto es huir al fin del mundo? .

Toronto era un marco ideal para contar esta novela. Por un lado, es una gran ciudad; por otro, está en un país lleno de gente que ha llegado de otros países y de otros continentes.

Además, Canadá es un país con una identidad nacional un tanto difusa, diferente a la que tienen los países europeos, y para colmo allí impera el sistema de vida norteamericano, tan propicio para fomentar la soledad mineral, la vida aislada que padecen quienes viven al norte de México. De modo que si quería hablar de desarraigo, Toronto era el centro de la diana.

Volvemos a toparnos con el policía Machuca. ¿De dónde surgió un personaje tan oscuro?

Este personaje, encarnación del mal, de la corrupción del poder, nació en un antiguo relato perteneciente a mi libro Extranjeros en la noche. En su día escribí ese relato por encargo de Muñoz Molina, para completar un librito que él me editó en Granada. Desde entonces Machuca me ha acompañado en casi todas mis novelas. Siempre he defendido la escritura por encargo, porque activa la creatividad, la espolea. El verdadero creador no es aquél que espera a las musas, sino el que va a por ellas y les levanta las faldas.

También nos reencontramos con el mago Rafael Pérez Estrada. ¿Qué supuso para usted conocer al poeta?

Recuerdo que en un momento delicado de mi vida Rafael me dijo: «En mí tienes un hermano mayor, un padre, un amigo, lo que necesites». Además de un conjunto de todo eso, Rafael fue para mí un maestro. No en lo estrictamente literario, sino en algo más importante, en la vida, como ejemplo de una insobornable dignidad. En cada una de mis novelas habrá siempre un homenaje a su memoria.

«Siento que debajo de mis pies siempre ha habido una lámina de hielo, y que cada vez es más endeble.» Tantas novelas después, ¿tiene usted esa impresión?

Es necesario que debajo de los pies del creador exista un margen para la inseguridad. Es indispensable permanecer alerta, estar siempre despierto, como si el suelo estuviese a punto de hundirse y fuese necesario saltar a otro lado.

Una de las imágenes de «El sueño del caimán» es la de un lago que, al llegar la primavera, expulsa cadáveres. ¿Antonio Soler se sirve de su obra para expulsar fantasmas y demonios?

Sí. Uno empieza a fantasear, a perseguir imágenes para componer una historia lejana, de gente que nunca ha visto ni conocido, y de pronto se encuentra hablando de sus propios deseos, de sus temores más ocultos. La literatura es un buen psiquiatra que además no receta pastillas, sino más y mejor literatura.